Solemos necesitar gritar con grandes y profundos gritos, a pleno pulmón, y aún así nos quedamos callados y en silencio, soltando pequeños suspiros por eso que nos falta, en lugar de hacer algo por conseguirlo, de luchar por ello.
Damos saltos en el mundo, en nuestra vida, pero nunca nos preguntamos por qué. Nos dedicamos a escribir con una mano, derecha o izquierda, pero no nos preocupamos por aprender a hacerlo con la otra, no contamos con la posibilidad de hacerlo con ambas. Nos enganchamos a eso que ya sabemos, a lo que es fácil, que ya dominamos y de este modo no tenemos que meternos en el mundo desconocido.
Nos vemos capaces de todo, de tocar el cielo con la punta de los dedos, de acariciar la superficie de la luna y notar los cráteres bajo nuestras yemas. Creemos que atraemos a los demás, que nos miran porque llamamos su atención, porque les gustamos. Creemos que encontraremos la media naranja, y vivimos en esa mentira cada vez que encontramos el amor correspondido. Pronto se dice hola como se dice adiós; pronto se dice para siempre como pronto se dice se acabó.
Siempre esperamos que nos sucedan las mejores cosas del mundo o, simplemente, que nos ocurran, pero nunca hacemos cosas para que pasen. Nos acomodamos en los sillones de la vida, dejando que ésta ande sola, dejándonos atrás, y luego esperamos que con cinco pasos podamos engancharla e ir al mismo tiempo que ella, siguiendo lo que viene a ser "nuestro camino".
Y así día tras otro, semana tras semana, mes tras mes, año tras año, vida tras vida. Haciendo lo mismo, sin espabilar, sin crecer. Sin aprender.
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